El término “felicidad” deriva del latín felicitas, que significa “fructífero” o “fecundo”, en referencia a una vida que florece, que da frutos. En la Antigüedad, felicidad no era sinónimo de placer o emoción constante, sino de vivir en armonía con uno mismo, con los demás y con el cosmos.

📚 Aportes filosóficos clave:
- Sócrates: planteaba que la felicidad era consecuencia de una vida vivida con virtud (areté). Quien se conoce a sí mismo y actúa con integridad, alcanza la verdadera eudaimonía (florecimiento interior).
- Aristóteles: distinguió entre placeres efímeros (hedoné) y la eudaimonía, la felicidad como el más alto bien humano, lograda a través del desarrollo de virtudes y del cumplimiento del potencial personal.
- Epicuro: aunque a menudo malinterpretado, no promovía el hedonismo superficial, sino una vida de placer moderado, ausencia de sufrimiento y cultivo de la amistad y la reflexión.
- Séneca y los estoicos: sostenían que la felicidad radica en la aceptación racional del presente, en la serenidad que proviene de vivir según la razón, sin esclavitud de las emociones ni de los eventos externos.
- Immanuel Kant: consideraba que la felicidad no podía ser el fundamento de la moral, pero sí una consecuencia posible de actuar éticamente con libertad y responsabilidad.
Esta pluralidad de enfoques revela algo importante:
La felicidad ha sido, desde siempre, una construcción cultural, ética y espiritual —no solo emocional.